Bernardo no nació en una cueva oscura ni en lo alto de una montaña congelada como dicen los libros de grandes. Nació un martes a la tarde en el bolsillo de mi guardapolvo, envuelto en una servilleta arrugada de papel, masticando migas de galletita de vainilla como si fueran piedras preciosas.
Una tormenta con olor a tierra mojada
La semana pasada se largó un chaparrón de esos que hacen temblar las ventanas del comedor. Cualquier dragón común saldría volando a perseguir relámpagos para tragarse el fuego, pero Bernardo se metió de cabeza en mi taza azul de cerámica y tapó sus orejitas escamosas con una pelusa de lana roja.
El invento del paraguas aromático
Para calmarlo fui corriendo al patio a buscar hojas secas de laurel y un escarbadientes que encontré en el cajón de los cubiertos. Con un pedacito de plastilina amarilla le armé una sombrilla pequeña que además olía a sopa caliente y a jardín limpio.
Cuando el trueno más fuerte retumbó sobre el techo de chapa, Bernardo no largó humo negro sino un suspiro tibio con olor a manzana asada. A veces los monstruos no necesitan que los venzas con espadas, sino que alguien les preste un techo chico donde quepan sus miedos.
